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El pedido de raíces

El pedido de raíces

Conocen el cuento de la sopa de piedras? Es ese en que un vagabundo llega a un pueblo sin nada que comer y le cierran la puerta en las narices cuando pide un plato de sopa; pero que cuando les explica a los niños de la plaza que sabe hacer una sopa de piedras, consigue cocinar un caldo del que come toda la vecindad. El secreto no está en las piedras, claro. El secreto es que cada niño aportó alguna cosa deliciosa que sí tenía para comer.

El caso es que esa misma historia, bueno, parecida, pasó en este mismo sitio donde ustedes están comiendo ahora. Al cuento, en este caso, podríamos llamarlo “Pedido de raíces”.

Érase una vez que se era una receta de cocina. De cocina vegetariana para ser más exactos. Una receta de recetas para ser precisamente exactos. O mejor: un pedido para la receta de recetas. Qué lío! Atiende, que ahora entenderás. El pedido estaba acostumbrado a lo de siempre: lista de ingredientes. Verduras de temporada, especias especiales, especias aromáticas, frutas y frutos, semillas, legumbres y arroces, flores comestibles, mieles y aceites, harinas y harina para los que no pueden tomar harina, levadura para el pan, leche de vacas y leche de plantas… qué sé yo! Qué sabía el pedido! Le pedían de todo. Y todo rico. Había cosas que se sabía de memoria. Pero esta vez le dejaron descolocado. No quiero decir que le cambiaran de sitio. Le cambiaron de ingredientes. Él se preguntaba si ya se podrían alimentar de eso que pedían.

Pero lo que más se preguntaba el pedido era si eso que le pedían sabría encontrarlo. Él, que siempre conseguía de lo bueno lo mejor, se sentía responsable de la alimentación de la gente que pasaba por esas mesas. Pero con esa lista que llevaba no se sentía seguro:

– un nosequé de ternura canalla, para no caer en cursilerías pero que llegue al corazón

– un algo para poner un toque dulce en el trato y salado en la atención, que no es hacer la pelota, es querer hacer sentir bien a la gente con sincera sonrisa y agradable eficiencia

– un queseyó de folklore con colores bien vivos a punto de echarse a bailar, pero con elegancia casi de etiqueta, apta para pajaritas y para chanclas

– un trasfondo etéreo, como espiritual, y con los pies bien puestos en la tierra

– un regusto de risa, casi carcajada o casi sutil gesto de sonrisa ante un mundo absurdo y maravilloso

– un fondo musical inetiquetable, étnico, políglota, histórico, de color, de colores, de palmas y de tambores, de trompetas y rock y sinfonías y letras poéticas

– una buena dosis de poesía con rima y sin palabras, para los que la entienden, pero también para niños, de los que se dibujan con cariño

– la cantidad justa del gusto por los tesoros, por lo bueno y por lo bonito aunque no sea reconocible, aunque no brille

– un tinte de sentido, de profundidad, de huella en el camino, sin aspavientos, con convicción, con humildad y honestidad, con la satisfacción y la aceptación de la aventura de cumplir una misión, por pequeña que sea.

Y dónde están los frutos y las frutas? Y las hojas de todos los verdes posibles? Y las bayas que ponen en los pasteles? De dónde iba a sacar él, un humilde pero honrado pedido, dosis de poesía? “Folklore con colores vivos”? Y qué es eso de “ternura canalla”? Estaba perdido. El pedido. Pero en medio de su aturdimiento, tuvo memoria. Y recordó conceptos como “origen”, “raíces”, “herencia”, “reconocimiento”, “respeto”. Y entendió algo que no sabía cómo sabía, pero que recordaba: la comida, los sabores, las recetas no sólo llevan ingredientes, también llevan memoria, historia. Como los cuentos no sólo son palabras; en los platos, la cuchara, además de caldo, lleva a la boca todo un legado. Elaborado con años de experiencia, pero también con recuerdos únicos, con personas que han dejado huella, con vivencias inequívocas, con sensaciones repetidas una y otra vez, con valores grabados a fuego lento y con momentos intensos que dejan un aroma inolvidable. Quizás con eso uno no se puede alimentar. Pensó el pedido. Pero sin eso, uno no sería quien es.

Así que ni corto ni perezoso, el pedido empezó a hacer el peculiar inventario. De un tirón: historias familiares con pasión, como las coplas; alegría y color, mucha alegría y mucho color; noches en un local tocando el bajo, o la batería; el ritmo, todo el ritmo, de la orquesta Baobab, de Barón Rojo, de Led Zeppelin, de Los Planetas, de Mulatu Astatke, de los Pixies, de Las Hijas del Sol, hasta de Bach; la poesía, con palabras y sin ellas, Pessoa y su banquero anarquista, Juan Salvador Gaviota, Emily Dickinson; la revolución situacionista y la revolución de la risa, el absurdo, descubrir el sentido de la vida con los Monty Python, Amanece que no es poco, Faemino y Cansado y el Tricicle; más ritmo, más música, más canto, más palmas flamencas, Antonio Flores, Camarón; viajes al mundo, al Sur, al mar, a la profundidad, a la naturaleza, el aire de montaña y el olor a especias; arte, creación, expresión, teatro, pintura, la danza africana, el surrealismo de Remedios Varo, la fantasía de mundos y hadas y leyendas de Terry Pratchett, la ternura revolucionaria de Galeano o la contracultura de Castaneda; el gusto por la aventura, por el esfuerzo; conversaciones por el placer de escuchar, por el esfuerzo de escuchar, de integrar, de crecer; meditaciones al amanecer, el aprendizaje del yoga, la búsqueda de la espiritualidad sin dioses, el amor por la familia, por la buena gente, por los buenos corazones… el color, la alegría.

El pedido se sentía satisfecho. No sólo encontró lo que le encargaban en la lista. Descubría más y más. Y conforme aparecían convicciones, miradas, herencias y alegrías de vivir, descubría cuál era en verdad verdadera su misión. Pensaba siempre que alimentaba y lo que hacía era permitir esa huella única que dejan las recetas especiales. Permanecer en la memoria y dejar paso. Conectar todos los tiempos en un instante. Dejar que las raíces del árbol grande tengan alas y hagan volar. Y hacer que pase sin darse cuenta, como si no pasara. Como hicieron los niños y niñas de ese pueblo haciendo una sopa de lo mejor aportando aquello que ya tenían, sacando lo mejor de sus orígenes y creando algo nuevo y de siempre a la vez, con su esencia y su evolución.

Cuando el pedido logró regresar con su encargo cumplido, orgulloso, aportó lo intangible y dejó en el restaurante toda una historia. La sopa de piedras ya pudo convertirse en la sopa de raíces.

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