Inspira es un blog de Restaurante Baobab
Emociones

Emociones

El crítico gastronómico se sentó a la mesa y decidió abstraerse de la realidad que le rodeaba para concentrarse en su análisis. Quería examinar atentamente su silla, su mantel, sus cubiertos, la copa, el cuadro que le provocaba desde la pared, los colores de la carta, la sonrisa del camarero y también el tiempo que pasaba desde que hacía su pedido hasta que el plato estaba ante él.

Pero no pudo.

No había llegado a cerrar su primera nota mental sobre el respaldo cómodo de la tapicería nueva, cuando sigilosamente un aroma familiar a pastel de manzana se había instalado en su nariz y llamaba insistentemente a la puerta de sus recuerdos. Era un profesional y quería establecer esa línea necesaria entre sus propias sensaciones y el examen objetivo que requería su trabajo. Así que echó un ojo a la carta y mientras leía el nombre de uno de los postres, “Hojaldre de manzana reineta al horno acompañado de helado de chai tea y garabato de caramelo”, contuvo la ternura que le había llevado directamente a su infancia de compotas y canela.

Y continuó: el mantel correcto, limpio, original. Intentaba retener la frase impresa cuando le sorprendió un aplauso contenido con risas de un grupo de jóvenes que comía dos mesas más allá. Se sintió un poco molesto por la evidencia de que él asistía solo al ritual del mediodía, pero eso no parecía importarles en la otra mesa. Ante ellos, había batidos de colores imposibles y la impaciencia por probar eso que parecían pócimas mágicas estaba generando una emoción imprevista. Y aunque lo esperable hubiera sido lanzarse a saborear sin más, el grupo se tomó su tiempo para escoger por qué batido empezaba cada cual.

¡Estaban nerviosos! Uno a uno cataban. Y después de cada sorbo, escuchaban atentamente la descripción detallada como si se tratara de un sommelier que da una master class de enología.

¡Lo que pueden dar de sí unos batidos!, pensó. Y volvió a sus quehaceres analíticos a pesar de que las risas continuaban de fondo.

La evasión le duró bien poco. Enfrente, dos mujeres con un niño que se resistía a probar otra cosa que no fueran sus raviolis. “La crema está muy rica, ya veras” le decían. Pero el pequeño parecía contrariado ante el aspecto poco apetecible que le sugería lo que debía de ser el “Hummus de calabaza con picadillo de cebolla roja,tomate y cilantro fresco”. Las dos mujeres tenían clarísimo que estaba delicioso y pretendían que la misma sensación que tenían ellas, pudiera vivirla el niño. Lo que no pudieron sentir ellas dos fue el alivio del chaval cuando por fin le dejaron a solas con su pasta de borraja rellena de calabaza y su satisfacción al quedarse con lo único que le apetecía del plato de hummus: el pan de pita casero que lo acompañaba. Con él y con el deseo con el que sólo saben comer las criaturas, dejó el plato limpio de salsa. No hubiera hecho falta fregarlo.

El crítico recordó cuánto le costaba a él tomarse cualquier puré cuando era pequeño y cómo le convencía su padre convirtiendo la cuchara en un avión, un tren, un helicóptero o cualquier cosa que transportara alimento hacia su boca. En cambio ahora, de adulto, una humeante crema le sumergía directamente en un estado de apacible bienestar.

Pero no había pedido crema, así que la sensación, hoy, sería distinta.

Ya había perdido casi por completo la esperanza de retomar su estado de objetividad profesional cuando se distrajo del todo observando una pareja compartiendo los platos que habían pedido. Se preparaban amorosamente porciones para degustarlos completamente. Cerraban los ojos para saborearlos. Inspiraban el aroma e intentaban identificar los ingredientes. Comentaban y comparaban y jugaban con el deseo de probar. Las caras eran de placer absoluto, aunque en algún momento, creyó identificar sorpresa y curiosidad. Había algún condimento que no acababan de identificar.

Una vez superadas las primeras sensaciones, se repartieron los platos según sus preferencias y los sabores acompañaron el resto de la conversación. Alguna caricia convertía esa comida en un momento que parecía difícil de olvidar.

Bonita estampa. Su ánimo de mantenerse imparcial y absorto en su propia comida se había desvanecido ya y se rindió a un cierto agradecimiento reconfortante. Todavía no sabía por qué.

En una esquina del restaurante, un hombre miró como el camarero colocaba una tetera junto a su taza. Con la calma que da no tener prisa, esperó a que el agua caliente infusionara. No tocó nada. Y cuando llegó el momento preciso cogió la tetera y se sirvió lentamente. El crítico pudo ver el humo desde donde estaba. Y también observó como el hombre reposaba las palmas de sus manos alrededor de la taza caliente, sintiendo como la calidez del momento impregnaba todo su cuerpo. Notando como el aroma perfumaba incluso su piel. Desde su mesa, vio como el hombre cerraba los ojos para dejar que el te humeante le transportara bien lejos. No llegó a ver la lágrima melancólica que le atravesó la mejilla.

Llegó su plato. Acompañado de un “a disfrutarlo”, que escuchó de la camarera. Lo disfrutó. Lo miró, le dio vueltas, lo olió, le sonrió. Le dio pena romper ese paisaje. De hecho, no sabía por donde empezar. Y se sintió como cuando estrenas algo. Y la impaciencia alimentada por el aroma de los puerros al horno, le llevó a trocear la masa crujiente hecha al horno y a probar el peculiar contraste de sabores. Cuando pruebas algo deja de ser desconocido, así que esa emoción de expectativa, de ilusión por lo nuevo se va con la primera cucharada. Masa de trigo con pipas al horno cubierta de puerros y ¡peras! Salteados.

Pero entonces llega el placer de continuar, el descubrimiento de otro matiz, un sabor que no habías identificado antes, esa textura que
te obliga a repetir.

Y se obligó a comer lentamente. Analizando. Boletus, aceite de trufa del bajo Aragón. Pero el examen se le iba del cerebro y se le bajaba al estómago y pasaba por el corazón. Recordaba los estudios sobre alimentos que generan serotonina y que felizmente nos relajan. O sobre cómo buscamos las comidas ricas en grasas para huir del estrés. O sobre la relación entre alimentos que cuidan órganos del cuerpo que a su vez tienen conexión directa con nuestras emociones. Cierto.

A su alrededor la gente comía y sentía. Se dejaban llevar. No era unicamente hambre o placer por los sabores. Entre el tintineo de las copas y los cubiertos, había ilusión, sorpresa, rechazo, melancolía, ternura, amor, alegría… Los colores, los aromas, las texturas y también la combinación de sabores, un ingrediente sorpresa o el protagonista esperado del plato, todo estaba ahí haciendo latir corazones además de alimentar estómagos. Y nadie había escrito previamente el guión. O, bueno, quien sabe, quizás sí, pero el caso es que ahí, en ese instante, fueran quienes fueran los comensales que llenaban el restaurante, lo hacían latir también. Como una cazuela que hace chup chup al tiempo que crea el sabor, a la vez que desprende su aroma irrepetible para que quien quiera que llegue a olerlo participe también de esa emoción colectiva.

Decidió dejar para otro día la crítica gastronómica que tenía encargada. Desconectó definitivamente su analítico cerebro y pidió el postre. Tatín de manzana. Todo un clásico. Saboreó y sintió. Y prefirió experimentar Baobab desde sus recuerdos y emociones, desde esas sensaciones que sólo puedes alimentar con un aroma, con un sabor.

Porque la comida puede estar rica, pero sentirla, con todo el cuerpo, con todo el corazón, la puede
hacer deliciosa. Y eso, sólo se sabe si se prueba. Y si te das permiso para disfrutarla.

“Gracias”. Dijo cuando se fue. “Hasta la próxima”.

(Texto aparecido en la carta de Otoño de 2016).

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