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Nuestros superheroes invisibles

Nuestros superheroes invisibles

De repente, el mundo amaneció sin camareros. Ni camareras. El sol se había instalado y ni rastro del “buenos días” despierto e incondicional de cada mañana. Nada del amable y ajetreado ritmo de preparación de las tazas. Sin noticias de la mirada cómplice y adivinatoria de quienes se adelantan a los deseos. No dieron señales de vida ni detrás de las barras ni por teléfono.

El Baobab no fue una excepción.

Una mujer entró sin haber caído en la cuenta de que en las tres cafeterías de la calle por la que había pasado reinaba el desconcierto. Empezó a inquietarse cuando vio que en la barra, no había ni un pedazo de tarta. Entonces apareció un cocinero con aire desesperado y le atendió: una porción de tarta de cerveza negra y mascarpone. Ninguno de los dos se dio cuenta, pero los trozos que quedaron en el mostrador no estaban en el orden que los hace irresistibles. Además, el cajón de los cubiertos estaba desordenado, no quedaban manteles limpios ni hielo en el congelador y en la zona de los desayunos, ni una rebanada de pan.

Vestido de blanco y manchado de harina, el cocinero volvió a la cocina y en la puerta se dejó la sonrisa que había intentado tomar prestada del equipo de sala que ese día, inexplicablemente, había desaparecido. Las caras entre los fogones y las masas no eran más esperanzadoras. Acostumbraban a hacerse bromas mientras elaboraban los manjares que luego elogiaba la clientela. Pero aquel día se preguntaban cómo iban a recibir elogios si nadie los recogía.

No había llegado ninguna de las 10 personas que componen el equipo de sala. Y la clientela llegaba peligrosamente al BaoBar no sólo con ganas de degustar zumos especiales o desayunos saludables. Lo peor era que llegaban deseando la sonrisa comprensiva, el trato atento, la rapidez sin aceleración, la eficacia cariñosa y los 5 sentidos a punto ante necesidades aparentemente invisibles. Eso no sabían prepararlo en cocina.

Temblaban pensando en cómo iban a servir las comidas. ¿Llamamos a atletas que aguanten las carreras entre las mesas? O mejor a un par de malabaristas para controlar bandejas, copas, platos y los “sipuedesersinquesomejorquenomesientabien” ¿Y si contactamos con psicólogos? ¿O con un despacho de publicidad que haga desear todos los platos de la carta? ¿O una empresa de detectives para detectar el grado de satisfacción con una mirada al retirar el plato? Puede que fuera mejor una persona experta en logística para lograr encajar las raciones para compartir, la bebida, el pan, los cubiertos y el hambre. O quizás una escuela de magia enviaría a alguien capaz de resolver dudas sobre el menú, dar información sobre los ingredientes, recomendar lo que está de rechupete ese día, apuntarlo todo y, con el rabillo del ojo, detectar que en la mesa de al lado ya han acabado con los primeros. No. Lo mejor sería llamar a un salón sadomaso para encontrar a quien no le importe hacer todo eso y continuar con una sonrisa llena de energía al final del servicio para preparar las últimas infusiones. Y encima, que tome nota de lo bueno que estaba todo, pero que no requiera felicitación ni por su atención delicada, ni por su tono entre cortés y próximo, ni por el consejo excelente en el postre ni por servir los primeros al unísono para saborear a la vez la experiencia culinaria.

Los camareros y las camareras volvieron. También a Baobab.

No llevaban el traje con superpoderes que debería corresponderles. Más bien volvieron con el traje de invisibilidad que a veces se les adivina. Pero todo el mundo notó su presencia. Y no porque los cubiertos estuvieran ordenados o porque las tartas volvieran a tener sus carteles. Más bien fue porque la experiencia se completó.

El círculo que une en un mismo instante la naturaleza que ofrece sus frutos, la gente que se encarga de cuidarlos, las personas que inventan cómo prepararlos y quienes -hambrientos- disfrutan de su sabor alimentándose de todos los que han intervenido, no puede completarse sin esa disposición alegre y servicial de quien pone el plato en la mesa y -con todas sus energías puestas en una sonrisa- desea buen provecho.

(Texto aparecido en la carta de Primavera 2017)

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